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Julie's soul

Vi a un hombre caminar por el bosque nocturno y frío. Pude sentir su presencia por los pasos tan fuertes que daba. Noté que su cabello era crespo y su piel de tonalidad oscura, solo llevaba puesto un pantalón y una camisa mal arreglada, y sus ojos, aquellos ojos que no podía ver por la oscuridad, supuse que eran negros como aquella noche. 

 

Eran las siete de la noche. Observé cómo el hombre se dirigía al lugar sagrado del bosque, un sitio prohibido para él por las leyes de nosotros, las hadas y los duendes, debido a que en este lugar ocurrió un suceso inusual: la historia de dos seres que eran pequeños destellos de la luna. 

 

Según un hada que vio la situación, aquellos seres bajaron como estrellas fugaces que chocaron con el suelo sin hacer ruido alguno. También contó que no tenían rostro, no se alimentaban, no cubrían sus necesidades básicas, y tampoco tenían la capacidad de hablar. Solo tenían una silueta y apariencia humanoide, pero con la estatura de unos niños. 

 

En el día no había rastro de ellos, pero cuando la noche acobijaba el cielo del bosque lo único que hacían estos seres era mirar directamente a la luna, y cuando caía la medianoche pasaba algo extraordinario: estos seres empezaban a volar dirigiéndose hacia el cielo, jugando y dando vueltas entre sí como si de niños divirtiéndose se tratase, y después de unos minutos o más, volvían a la normalidad. 

 

Así habían vivido todas esas noches, volando y alcanzado cierto tipo de iluminación que nunca se concretaba. No obstante, hace unos cinco días entre la niebla de aquella noche fría, en vez de reír entre ellos y jugar, alcanzaron la iluminación y la dicha máxima de dos seres, volviéndose uno solo, una estrella. 

 

Los duendes y las hadas nos sentíamos llenos de felicidad al verlos jugar cada noche, por lo que desde que ocurrió ese acontecimiento, en aquel lugar en donde la luna se aprecia en su máximo esplendor y reposa un árbol grande y viejo, nadie había vuelto a pisarlo, tampoco permitíamos que alguien lo hiciera, ya que considerábamos que era un lugar sagrado que en algún momento nos hizo sentir paz. Por esa razón, al ser la única hada que presenciaba a aquel humano yendo hacia el lugar sagrado, debía detenerlo, así que lo seguí. 

 

El hombre llegó a una pequeña laguna, pero de un momento a otro empecé a sentir una falta de equilibrio y mi visión se volvió borrosa. Terminé perdiendo su rastro, empecé a preocuparme porque no escuchaba los pasos de aquel hombre, no lograba saber dónde estaba él exactamente, hasta que unas pequeñas luciérnagas rodearon su rostro haciéndolo más visible, él giró la cabeza hacia mi dirección y me sonrió. Yo me escondí y me puse nerviosa, pensé que no podía detenerlo debido a que sentí una gran debilidad en mi cuerpo. 

 

En ese momento, mis alas no aguantaban el peso de mi cuerpo en el aire, poco a poco sentí cómo se desprendían de mi espalda, hasta que caí en un tronco que estaba tirado en el suelo y quedé inconsciente. Cuando desperté reaccioné de golpe y revisé que mis alas siguieran ahí, pensé que todo había sido una pesadilla, y no era así, toda mi espalda estaba llena de sangre. Lloré de dolor y desesperación, ya que sin alas no era un hada, y ellas, solo estaban ahí en el pasto, pudriéndose. De repente mis oídos se alertaron, pude sentir los pasos de aquel hombre cada vez más y más cerca, hasta que lo escuché: 

  

— Julie, tienes que desprenderte de tus orígenes —dijo el hombre acercándose a mí—. No tengas miedo, te conozco gracias a la luna, ella me contó sobre ti. 

  

No le respondí porque en ese mismo instante me fijé en el color de sus ojos. Eran negros, reflejando un vacío que, por alguna razón, se me hizo conocido, al verlo directamente a los ojos, encontré en su mirada un sentimiento de primera vez. Aquel sentimiento de cuando conectas tanto con alguien y experimentan cosas por primera vez, cuando llegas a amar profundamente a esa persona, pero algo externo no deja que el amor florezca. Ese sentimiento y aquella mirada me hacían sentir vulnerable. 

 

Faltaban diez minutos para la medianoche. Me sentía débil y al mismo tiempo consciente de mi alrededor. Observé la laguna cristalina que reflejaba la luz de la luna, el pasto verde y suave que nacía de la tierra junto a las flores, y las únicas luces que alumbraban todo el escenario: la luna y las luciérnagas. 

  

— Julie, tengo que irme —dijo el hombre parándose del pasto—. Nunca te dije quién soy, pero todo tendría sentido para ti, si vienes conmigo. 

  

— ¿Por qué confiar en ti? —dije. 

 

  

— Necesito que vengas conmigo al lugar sagrado y ahí descubrirás toda la verdad —dijo el hombre ofreciéndome su mano. 

 

Lo normal es que me hubiera negado, pero este hombre me daba curiosidad, por lo que agarré su mano y me dejé llevar por el sentimiento. Mientras caminábamos el lugar se iluminó de luciérnagas, y el cielo mandó a las nubes a darle espacio a la luna, y ahí estaba ella, la luna llena de la medianoche. 

 

Era inexplicable lo que sentí al mirar directamente hacia la luna en aquel lugar sagrado, sentí mi cuerpo igual de liviano que un globo y mis orejas puntiagudas de hada desaparecieron. Tomé una apariencia más humanoide, nuestros cuerpos se desintegraron y se volvieron un destello fugaz. 

 

Pero antes de desintegrarnos, él me abrazó fuertemente y pude sentir una gran energía, hasta que un choque entre los dos ocurrió y pude visualizar mi vida pasada: él era lo que más amaba, pero la guerra le había quitado la vida. Todo dolía para mí en ese tiempo, ya que éramos tan jóvenes y yo ya no sentía que tuviera una razón para vivir, por lo que me quité la vida. Luego renací como un ser, un hada, pero nunca sentí algo como el amor, algo como lo que ahora sentía y podía recordar. 

 

De tanto renacer e intentar equilibrar, al fin puedo sentir la iluminación propiamente dicha. No necesitaba intercambiar palabras, solo quería sumergirme entre los brazos de mi gran amor, y vivir en la iluminación de un verdadero descanso. 

©2021 by Dernusafil

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