El sol ha muerto
Recuerdo mi infancia, cuando tenía seis años pasaba mucho tiempo sola en la casa. Por lo que al salir del colegio, muchas veces decidía desviarme de mi camino y perderme un rato en los parques, en el pasto amplio y también en esos gigantes llamados árboles, creo que me gustaba tanto pasar tiempo a solas así, que al no poder llevarme el olor de esos momentos, me llevé aquel color verde conmigo para el resto de mi vida.
Perderme un rato en estos lugares era entretenido para mí, pero no lo hacía tan seguido. Recuerdo que cuando regresaba a casa, intentaba mantener el televisor prendido para escuchar voces de personas y no sentirme tan sola, jugaba con mis juguetes de vez en cuando, pero era algo aburrido sin compañía. Si tenía hambre, me preparaba algo sencillo de comer, y si sentía miedo de la soledad o de la oscuridad, solo me quedaba llorar sin consuelo. Después de todo no había a quien contarle mis pensamientos o emociones en ese momento. Sin embargo, entre todo ese tiempo a solas, yo contemplaba las horas en el reloj esperando a que llegara la noche para ver a mi mamá. Ella trabajaba todo el día, y era algo que yo intentaba comprender. Aunque las noches esperándola se tornaban dolorosas porque necesitaba de ella, yo sabía que ella necesitaba más a alguien, de lo que yo a ella.
Apenas ella llegaba a la casa, esas pocas horas de madre e hija me hicieron amarla. Amaba su forma de cantar canciones que nos gustaban juntas, su forma de hacerme mi comida preferida, cuando me vestía con faldas tupidas, medias veladas, lazos, vestidos, bufandas, guantes cuando hacía frío y ropa que estaba de moda.
Amaba cuando salíamos juntas agarradas de la mano en una noche de neblina, aunque fuese solo a comprar pan. Amaba cuando jugábamos porque ella era mi única compañera de juegos. Amaba todos esos muñecos de plastilina que ella hacía con sonrisas en sus rostros para hacerme sonreír a mí. Amaba todo ese mundo que mi mamá me mostró, y en especial, amaba incluso llorar en sus brazos, porque ella siempre me consolaba.
También recuerdo que cuando era viernes, mi papá iba a buscarme a la salida del colegio. Y del tiempo que compartíamos juntos los fines de semana, adoraba que sacara tiempo para ver esas películas infantiles que me encantaba ver en el cine, que me llevara a comer helado, dulces y perros calientes porque sabía que me gustaban. Adoraba las cajitas felices, aunque él y esos momentos eran los que me hacían realmente feliz. Pero lo que más adoraba, era cuando me hacía cosquillas, me cargaba y me decía que yo era su princesa.
Recuerdo mi cuerpo pequeño, el mundo enorme que me rodeaba y mi ser. Recuerdo aquellos ojos que veían con inocencia y felicidad a los demás, esos mismos ojos, no han cambiado nunca. Yo me sentía como una pequeña flor que crecía cada vez más. Dentro de mi mente encontraba tranquilidad, divagaba sola y caminaba por mi cabeza como si fuera el cielo, las nubes en mi mente eran mis almohadas para dormir. Siempre viví ahí, en un rincón de mi mente, porque en mí, encontraba un mundo cómodo que yo misma construí.
Esa pequeña vida estable de un momento a otro cambió, fue forzoso, simplemente sucedió y comencé a mudarme y cambiar de ciudad mucho más seguido, más de lo normal. No estaba feliz, estaba lejos de mi papá y de mi mamá. No podía apegarme a nada, no podía hacer amistades porque al final siempre me terminaría yendo. Solo tenía diez años cuando tuve que vivir lejos de mis papás durante unos meses.
Durante ese tiempo estuve en un nuevo hogar en mi ciudad natal, pero no me agradaba para nada, ¿por qué nadie quería hablar conmigo? ¿por qué el sentirme sola esta vez me afecta más? mi única compañía era un pequeño ser de otra especie que dependía por completo de mí, le di todo lo que podía ofrecerle, y él a cambio me dio los cantos de un pollito que me mantuvieron un poco alegre durante meses. De todas formas, no duró mucho porque murió, y ahí el pensamiento de que no todo es para siempre, se apoderó de mi ser. Ya no tenía otra forma de escape, pero la encontré en mis sueños, en largas horas de sueño. Horas, días, meses. Estuve en sueño eterno por seis meses.
Después de aquel sueño eterno, por fin pude reunirme otra vez con mi mamá en un nuevo destino, una pequeña isla en la que conocí a otros niños y me conocí a mí misma otra vez por medio de letras, las que yo empecé a escribir con mis manos y sentir en el alma. Los meses más bonitos aquí pasaron de manera fugaz, y ya en el mapa se marcaba un nuevo destino para mí.
Un pequeño pueblo era mi nuevo destino, aquí conocí a muchísimas personas, pero siempre me resguardaba en mi mundo, ya que me sentía incómoda. Llegué a pensar en que las amistades y el amor, eran una simple palabra a la que no podía aspirar, porque me lo demostraron así. O tal vez era mi culpa, mis vínculos con otras personas no eran duraderos, yo muchas veces no tenía tiempo o no podía, o sencillamente tenía que irme. ¿por qué era tan difícil mantenerme estable en un lugar? empecé a resignarme a la idea de que alguien realmente pudiese amarme, o quererme como una amistad, se me hacía algo imposible de creer.
En ese tiempo, mi mamá también estuvo a mi lado, pero todo cambia, y no era lo mismo, ella estaba más ocupada y supuse que no había tiempo para mí. Yo me acunaba en libros y más libros que me llevaban hasta el cansancio para dormir. Jugaba con mi perrita llamada Lulú en las mañanas, y antes de ir al colegio al mediodía mi hermano mayor me llevaba, mientras conversábamos sobre cualquier cosa en el camino. Todo esto me hacía feliz. Aquellos abrazos de oso que mi hermano me daba cada día, como si llevara años sin verme, como si fuese la última vez que nos fuéramos a ver, como si fuese lo que más apreciaba de tener en su vida.
Después de unos meses, tuve que despedirme otra vez de todos para regresar a la ciudad fría. No pude llevarme a Lulú conmigo, así que la regalaron a otra persona que sí pudiese estar más pendiente a ella. En ese momento solo se me reforzó la idea de que no tenía derecho de tener algo, de amarlo o de siquiera quererlo. Pensé en que al volver a la ciudad fría, solo seríamos mi mamá y yo otra vez, como cuando era una niña, sin embargo, me bastaron días para darme cuenta de que todo cambia, el mundo no funcionaba como yo pensaba. Fue tan complicado que decidí regresar a mi ciudad natal, a lo cálido, a un clima que quizá podría abrazarme después de sentir tanto frío. Quería ver a mi hermano y unas cuantas personas más, pero me llevé una sorpresa al enterarme de que mi hermano había muerto, lo habían matado, y una parte de mi ser también murió. Desde ese momento entré en un trance en el que estaba inconsciente, me sentía muy sola y lastimada por los demás.
No había consuelo esta vez para mí, me alejé de los demás porque cada quien estaba en su lucha, y a nadie le interesaba realmente el dolor que sentía. Tenía una nube gris y enorme en mi mente, ya no era cómodo estar ahí, no era cómodo mi ser ni mi piel, me sentía como un saco de carne vacío, sin un corazón, sin una mente. Así que me devolví a esa ciudad fría, oscura y gris. Merodeaba en lugares abandonados apreciando la idea de morirme pero siendo incapaz de hacerlo. No quería apegarme, no quería perder a más nadie. Sentía que el frío de la soledad enfermaba mi ser, y el humo de los cigarrillos que fumaba la gente a mi alrededor, formaban todas esas nubecitas raras en el cielo y en mi pecho. Era doloroso.
Decidí vivir sin mis papás en mi ciudad natal, los amaba demasiado, pero necesitaba organizar mi vida y estar estable. Me costó años acostumbrarme a la muerte de mi hermano y ver las cosas positivas que podía seguir representando en honor a él. Y aunque haya mejorado, mis ojos siempre se llenarán de lágrimas al mencionar su nombre.
Ahora solo soy esa flor que sigue creciendo, aquella flor que se siente incómoda y mal de ser ella misma porque aún tiene secuelas de una sequía. Aquella que se siente usada y aterrada de un mundo en el que el hombre la arranca y toca a su antojo. Aquella que aún intenta buscar a dónde mirar y a dónde dirigirse porque ya no tiene la guía del sol. Aquella flor que a pesar de todo el pavimento, encontró un poco de luz, y pudo florecer.