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Heridas incurables
Cuando me llamaron diciéndome que mi hermano había muerto, mi mente y el mundo que me rodeaba se detuvo. Una parte de mi ser se negaba a creer que algo tan irreal fuera cierto, hasta que lo vi días después en un ataúd; ese rostro que alguna vez vi sonreír, se convirtió en una memoria frágil que se rompía una y mil veces dentro de mi cabeza, cortándome con los vidrios rotos del recuerdo. Desde que mi hermano murió mi mente nunca quiso aceptarlo, lloraba sin consuelo todos los días hasta llevar mi cuerpo al límite, hasta que mi cuerpo no tenía la capacidad de llorar más, hasta mirarme al espejo y sentirme despreciable, hasta echarme la culpa de no haberle dicho lo mucho que lo quería la última vez, hasta perder el control de mis emociones y no soportarme más, hasta no dormir varias noches pensando que podría recuperar aquel ser perdido, que por vergüenza y soledad, no era capaz de escribir una sola palabra al respecto. Había perdido toda esperanza de mejorar.
Me perdí por completo, perdí mis sueños y esperanzas porque no veía nada bueno en el hecho de vivir. Estaba sumida en mi propia tristeza, en un ser débil y vulnerable que se sentía solo, en un ser que sentía miedo constante cuando escuchaba o veía cosas, en un ser que alucinaba varias noches por la falta de sueño y solo deseaba estar muerto para que todo acabara. Duraba horas llorando y temblando tirada en el piso sin poder pedir ayuda porque me estaba ahogando en la agonía, y es que me dolía su ausencia, sin él no lograba encontrar alegría en este mundo. No me satisfacía escribir, no me gustaba verme al espejo porque lo veía a él reflejado en mí y tampoco me servía salir a pasear, no me servía buscar razones porque simplemente yo no quería seguir aquí.
Todos los días, con el arrepentimiento en la mano, sentía que era muy tarde para protegerlo, ayudarlo, acompañarlo, o darle un abrazo y expresarle mi amor, hacerle saber que nunca estuvo solo, tal y como en algún momento lo hizo él conmigo. Hoy en día sigo visitando su tumba y sigo llorando, porque me duele amarlo, me duele tanto tener que dejar unas pequeñas flores en una lápida con su nombre, me está doliendo aquel ser perdido que busca el consuelo que le hace falta en alguien que no está más aquí.
Por mi mente pasaron muchos pensamientos, se trazaban unas líneas que pintaban algo mórbido dentro de mi cabeza, aquellas líneas que pude convertir en algo artístico, y por eso quiero decirte: querido lector, sé que perder a alguien que amas te deja en un estancamiento emocional, sin poder hacer o terminar las cosas. Parece que se congelara el tiempo en aquel momento en el que ocurrió la muerte, recordándolo a menudo.
Tu percepción sobre la existencia cambia por aquella dolorosa muerte, pero te percatas de que las personas a tu alrededor siguen con sus vidas, y creo que es lo que más impacta de ver, que la vida misma siga de esa forma tan cruel. La mente se estanca, el corazón se detiene, las lágrimas salen y sientes que no puedes seguir con tu vida, pero observas que el universo sigue y el mundo sigue, porque la muerte llega a ser un ciclo natural y sutil para el resto.
He intentado comprender que la vida es un cúmulo de recuerdos negativos y positivos, es la incertidumbre de nunca saber lo que pasará, es el constante cambio y la inevitable muerte. Y puede que el mundo siga girando, sin embargo, esos momentos compartidos y que solo nosotros sabemos cómo se sienten, son los que le dan aquel sabor dulce y amargo a nuestra existencia.
Aunque la muerte de un ser querido te cambia la manera en la que ves el mundo, te brinda la oportunidad de revivir a esa persona a través de tu ser, transmitiendo la esencia de aquel ser que en algún momento conociste, al mundo, recordándole a los demás que la vida no es el cómo terminamos, sino el cómo marcamos la vida de quienes en algún momento en vida, amamos.
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