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Síndrome

La desesperación de no recordar y la desolación de mi persona. Me olvido hasta de olvidar, todo llega a hacerme sentir ahogada en la confusión, ¿qué es este lugar? ¿quiénes son ellos? ¿quién soy yo? ¿qué es lo que he estado haciendo todo este tiempo? ¿qué se supone que debo hacer? Me pregunto cómo es que llegué a este punto, y si se supone que recordar es vivir ¿estoy muriendo en un mundo vivo? 

El haber perdido mi memoria significó perderlo todo. Aún puedo sentir cómo se va desintegrando poco a poco, como si se tratase de cenizas que cualquier brisa puede volar hasta mezclarse con el entorno, quedando en la nada, en el frustrante y deprimente abismo de la nada. 

No sé bien cómo hablar, se me dificulta expresarme, caminar, comer, ir al baño, simplemente se me olvidó. Me siento inútil y como una carga para aquellas personas que me cuidan, pero cada vez que las veo siento desconfianza, no recuerdo sus nombres ni sus rostros, no sé si en algún momento hicieron parte de mi vida o si me quieren hacer daño. 

No dejo de sentirme preocupada y con poco interés siquiera de vivir mis últimos días en este mundo, solo espero a desvanecer por completo en la confusión espesa. He caído en el máximo estado de vacío, me siento vacía porque ni siquiera tengo algo en mí. No soy yo, no sé quién soy. 

Un hombre vestido de blanco entró a la habitación y me dijo: 

Hace años no te llevo a ese lugar porque sé que no vas a recordarlo y sería nuevo para ti —dijo mientras me agarró de las manos, lo cual me alteró un poco—. Pero tengo la necesidad de hacerlo, aunque no lo expreses, yo sí tengo que expresarme. 

En ese momento el hombre me cargó y me llevó fuera de la casa, a un campo: una manta en el suelo, una canasta con fresas, un tocadiscos, dos sillas y un libro. Me llamó la atención el piso porque no era lo que acostumbraba a tocar, sino que era una textura diferente que me causó algo de miedo. 

Ojalá que el pasto no te incomode, antes te gustaba caminar en ambientes así —luego de decirme eso, me acomodó en la silla y dejó que mis pies tocaran el pasto—. Sabes que puedes confiar en mí, nada de lo que está aquí ni nadie te hará daño. No creo que recuerdes, pero todo este campo está lleno de tus flores favoritas, las de lavanda. 

El hombre me acercó una de las flores de lavanda, y cuando más me sentía amenazada un olor agradable llegó a mi nariz y me sentí relajada. Tenían un efecto positivo en mí, me sentí aún más tranquila al tener a mi vista un paisaje con muchas flores de esas. Sin embargo, luego de unos minutos, otra cosa llamaba mi atención, aquella brisa que empezó a volar sutilmente las hojas del libro. 

Casi me olvido del libro —dijo el hombre buscando las primeras páginas—. Aquí hay una nota sobre ti que escribí hace meses: “No me he olvidado aún de tu decadencia. Recuerdo que antes de llegar a este punto, te sentías confusa. Lo único esperanzante para mí, era pensar en la probabilidad de que lo desconocido te sonara familiar, sin embargo, nunca sucedió. Pero yo aún no he perdido la esperanza de que vuelvas a ser mi mamá.” 

No dije nada, en mi mente no había ningún pensamiento. El hombre se encontró con una fotografía de una muchacha entre esas páginas, en el pie de la foto decía “mi último intento”. 

¿Aún puedes recordarla? —preguntó el hombre con la voz quebrada. 

Sí puedo recordarla, sus grandes hermosos ojos de cuando era una bebé eran mi entrada al infinito mar, ojos que con el tiempo seguían teniendo ese tono de melancolía en su delicado parpadear. Mi hija, mi pequeña hija, no vivía conmigo ya que vivía en otra ciudad con su papá. La llamaba todos los días, pero desde que me diagnosticaron esta enfermedad no podía mantener una buena conversación, así que me aislé, sentía miedo de hablar, de confiar, o de escuchar. Dejé de hablar con ella, pero un domingo me llamó y no logré distinguir el tono del teléfono por lo que no contesté, aun así ya era tarde para hacerlo, mi hija se había suicidado ese mismo domingo. Algo la estaba consumiendo de forma torturable pero de una manera silenciosa, solo sus grandes ojos me expresaban la melancolía de un ángel exhausto de esto, de vivir. Jamás quise olvidar a mi pequeño ángel, pero mi mente estaba en un proceso de desintegración que me fue llevando lentamente al abismo de la pérdida. 

Mi hermana fue la mejor persona que pude conocer, pero supongo que lo bueno siempre muere joven, y la maldad perdura —dijo el hombre mientras unas lágrimas finas recorrían su rostro, dejando un silencio entre el paisaje—. Entonces ahí es cuando pienso que a lo mejor fue un error que mi hermana viviera con mi papá, él nunca se interesó por alguno de nosotros. 

Las flores se movían con la brisa del campo abierto. Empecé a ver notas musicales que provenían del tocadiscos, y aquella canción que estaba sonando resonaba en mi cabeza. Pude recordar una vez más, aquel hombre que tenía al frente era mi hijo, el único que se hizo cargo de mí desde que me diagnosticaron esta enfermedad. Era mi hijo quien había puesto aquel disco con esa música nostálgica. 

Pude recordar una vez más. Antes, para mí, el tiempo pasaba de una forma irreal, y es que nunca lo valoré por completo hasta que mi hija se suicidó, antes de que ocurriera eso éramos una familia completa: mamá, papá, hija e hijo. Nos habíamos separado, el padre de mis hijos se mudó a otra ciudad, no sin antes llevarse a alguno de nuestros hijos, lo cual fue una decisión libre de cada uno, pero no supe que esa libertad de decidir con quién vivir terminaría con la de mi hija, encadenada con sus pensamientos. 

La melodía de aquel disco algo rayado y la tarde que estaba cayendo, la brisa desaparecía poco a poco para convertirse en algo uniforme y que iba a un solo ritmo. Recuerdo cuando ya te habían diagnosticado, fue mucho antes de que ocurriera lo de mi hermana, vivíamos todos juntos aún y nuestras vidas lucían como un sueño eterno, la perfección nos llevó rápido a la cima, y poco a poco al borde del abismo, antes que tuviéramos esa noticia de tu enfermedad, ya estábamos notando algunos síntomas —mencionó mi hijo. 

Lo recuerdo, desperté en uno de esos días soleados, miré mi ventana, abrí los ojos y terminé de despertarme, vi a un hombre en la cama que estaba durmiendo y no lo reconocí, ¿con quién había dormido? ¿qué era lo que había pasado ayer? Ese no era mi esposo. Me levanté, preparé el desayuno, me senté a comer y miré el calendario, no me ubicaba, ¿qué fecha es hoy? Alguien tocaba la puerta pero decidí ignorar y seguir comiendo, me ponía de mal humor que me interrumpieran en una mañana tranquila, pero cuando miré mi plato, no había nada, ¿en qué momento había terminado de comer? Atendí la puerta, era mi hijo diciendo que se le olvidaron las llaves, pero ¿en qué momento había salido? Miré el cielo y era ya de noche, yo seguía sin bañarme, sin saber siquiera cómo estaba sobrellevando mis días. Aunque al final seguía recordando el amor tan preciado que uniría siempre a nuestra familia, ¿o no? 

¿Aún recuerdas por qué se separaron tú y mi papá? —me preguntó mi hijo—. Yo no me he olvidado de eso. Fue infidelidad de tu parte, pero siento que es algo justificable. Papá nunca te valoró, siento que al final nunca te amó verdaderamente. Yo veía cómo te trataba con indiferencia, como si fueras un objeto o una simple madre que le diera hijos, por eso cuando te diagnosticaron con esa enfermedad me parecía tan aborrecedor el que te tratara de inservible y por eso nunca lo quise. 

La relación amorosa que tuve en algún momento con el papá de mis hijos, había tocado fondo. Quizá me había metido con la persona equivocada. Pero extraño cuando fingía que me amaba, esos primeros meses en los que sentí cierto tipo de amor, pensé tener al frente el hombre perfecto. Me conocía de pies a cabeza, sabía sobre mis flores favoritas, la fragancia de las palabras que me enamoraban y el afecto que me hacía falta. Aquellos días en los que salíamos en la tarde, paseando por las casas victorianas de nuestro barrio mientras llegábamos a ese pequeño campo y jugábamos entre la naturaleza, luego al llegar la noche, veíamos el cielo nocturno de camino a nuestras casas. Se compartieron tantos momentos íntimos y de felicidad, a veces sentía que mi corazón se iba a detener de la alegría por el cómo nos veíamos a los ojos del otro; al final me enamoré tanto que me llego a preguntar ¿qué importa cómo se rompe mi corazón? Esa versión de él ya no existía y me hacía daño, al final solo busqué felicidad y compañía en otro corazón, otra persona que resultó pasajera. 

Al principio de mi enfermedad solo me sentía un poco desconcertada, ¿realmente hice lo que quería hacer en vida? La tristeza me estaba consumiendo como esos recuerdos ardientes que quemaban poco a poco mi memoria. Era la desesperación por seguir viviendo, pero no me quedaban tantos días. Me sentía sola, luchando constantemente con mi mente y con los demás, era una completa desconocida para mí misma, así que los delirios y la paranoia no demoraron en comenzar. La confusión me había nublado por completo, el flujo de mis palabras estaba muy deteriorado, el recordar se sentía tan distante y roto a mí, como algo perturbador de hacer. 

Escuché la música una vez más, aquella melodía era mi favorita. Esta le permitía a mi mente morir de una buena vez. La brisa fría acariciaba el cielo nocturno, el cielo parecía hablar con sonidos agudos. El rostro de la última persona que podré ver me estaba viendo a mí, ¿cómo me veré a los ojos del otro? Porque en mis ojos aún puedo sentir el amor hacia mis hijos, los que en algún momento compartieron tanto tiempo de su vida conmigo. Ellos hacen parte de mi vida, de mis recuerdos y de mi ser, de lo que soy, ¿ellos podrán sentir lo mismo por mí? ¿habré sido una simple carga todos estos años incapaz de sobrevivir por su cuenta? 

Mi hijo me abrazó delicadamente mientras las lágrimas salían de sus ojos, después recostó su cabeza en mis piernas, pues así era como le daba consuelo luego de un mal día, usualmente hacía eso cuando se sentía mal y exhausto. Sentí los sollozos silenciosos de un ángel y sus lágrimas caer en mi ropa, no hubo palabras. Mi mente había muerto, pero en mi corazón aún podía sentir la felicidad. Mis últimos respiros, mis últimos parpadeos y mis últimos recuerdos. Solo llegué al punto del horror, en el que al fin se había acabado el largo declive de mis últimos días, antes de desvanecer lentamente. 

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