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Renacimiento
Lo recuerdo, ingerí el alimento prohibido por la especie humana: otro humano. Cada trozo de carne fue masticado por mis dientes y muelas, luego tragado como la mayor delicia. Recuerdo que a quien comí fue a mi madre, me molestaba que siempre me pegara hasta sacarme sangre o me obligara a ser sirviente de otras personas, pero en especial, que me dejara sin comer hasta desmayarme por una semana. Fue algo que sufrí y sucedió pero ya no podía arrepentirme, el hambre es un instinto y se sabe que ningún perro dudaría en comerte si es que no lo has alimentado durante meses, así seas su dueño, no importará el daño o el amor recibido, te comerá. Desde ese día y otros más contados me convertí en otra cosa y viajé por varios mundos.
En el mundo de los semidioses, caracterizado por la envidia y los celos, no alcancé la iluminación. Por eso mi iris se coloró de un tinte negro, y morí para renacer en el mundo humano, caracterizado por la duda y el apego. Divagué por ese mundo siendo conocido por una “enfermedad” nunca antes vista, apodándome el chico de los ojos negros. Pero seguí cayendo en el mismo error y no alcancé la iluminación. Ahora recordando y llevando un registro de mis pasos por cada mundo, puedo ser consciente del siguiente mundo que me toca: el mundo animal, en donde espero que el mundo humano sepa que también soy consciente, me alimento y todavía con todo mi recorrido por estos mundos, siento el dolor en lo más profundo de mi alma, que quizá termine en el mundo infernal. Aún sigo buscando la forma de no caer en ese mismo error, de poder alcanzar la iluminación y equilibrar mis vidas pasadas.
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