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Avión de papel
""Desde que te fuiste he soñado contigo, te veo ahí y siento que es real, siento como si realmente estuvieras aquí, pero cuando despierto lo recuerdo, y en mi cabeza se repite aquel día de tu muerte.
Dedicado a: Óscar Rojas"
Yo estaba ahí, caminando en mitad de una carretera mientras seguía un destino inexistente, hasta que me detuve y observé las nubes grises y blancas que se juntaban en el cielo de Bogotá. No era nada sorprendente, las nubes grises, la niebla, el frío, aquella niebla que me tapaba la vista, el cuerpo y la mente, me la llenaba de un aire frío de nostalgia que abundaba en el aire, en la ciudad, tal como una contaminación.
De repente un ángel apareció, entre aquel camino lleno de neblina fue lo pude ver con claridad, estaba vistiendo de negro, me miró con ternura y con mucha alegría. El ángel se acercó hacia mí abrazándome fuertemente, me dijo que me estaba buscando hace mucho tiempo y que necesitaba verme. Le pregunté el por qué estaba aquí y me contestó que su muerte había sido una mentira, al igual que todo.
Yo lloré porque no era cierto, dentro de mí sabía que no era cierto. Lloraba mientras estaba en sus brazos, sintiendo la calidez de su cuerpo después de tantos años, pero no pude dirigirle la palabra por más que quisiera. Llevaba años sin verlo, sentirlo o poder hablar con él, pero en el único reencuentro posible la voz solo se me quebrantaba porque las lágrimas salían de mis ojos sin parar, sabía que la tristeza del reencuentro y al mismo tiempo la despedida, hacían arder mi corazón, era doloroso. Así que lo abracé más fuerte y cerré los ojos, era un abrazo suave y cálido. Un abrazo que me hacía sentir el consuelo que hace tanto buscaba cerca de su corazón. Aunque mi mente y mi boca se nublaran de silencio, mi corazón se abrumó de recuerdos: esos aviones de papel que nunca supe hacer y que él hacía por mí, cuando me llevaba al colegio y en el camino hablábamos y nos reíamos, cuando jugaba conmigo o cuando me recordaba lo mucho que me amaba y lo orgulloso que se sentía de tenerme como su hermana.
Sin embargo, aquel ángel ya tenía que irse. Lloré más y de forma desconsolada, porque no quería soltarlo ni abandonarlo, necesitaba más tiempo, más tiempo para salvarlo e impedir lo inevitable, más tiempo para abrazarlo y decirle que lo amo, pero sabía que ya era tiempo de dejarlo ir. Lo sostuve en mis brazos una vez más, mientras él iba desapareciendo poco a poco. Luego desperté, todo había sido un sueño, pero pude sentirlo, ese abrazo que no había podido darle hace tres años, ese abrazo que tanto anhelaba mientras lloraba todos los días después de su muerte, aquella despedida que no pude tener, era tan real que solo quemaba y ardía en mi ser, dejando un gran vacío donde veo esos pequeños aviones de papel que nunca pudimos volar juntos.
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