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La dulzura del mundo es inexistente (la parada del tren 585)
Caminando entre los ruidosos pasillos del tren había un niño, Jimmy parecía ser su nombre, con su overol y una camisa blanca debajo, peinado cuidadosamente y con zapatos brillantes, pero perdido entre las estaciones del tren. El niño caminaba de forma confusa ya que no sabía a quién acercarse. En uno de esos recorridos pasó al lado de un hombre con el brazo amputado y con solo un pantalón roto y sucio, tirado en la mitad de uno de los pasillos de las estaciones mientras pedía algo de dinero. Jimmy se sintió mal porque quería ayudarlo, pero su madre le había dicho que nunca se acercara a desconocidos, así que el niño haciendo caso, vio unos policías cerca y les pidió que ayudaran a aquel hombre, ellos sonriendo le dijeron que sí, así que Jimmy confiadamente siguió su camino perdido, sin saber que la ayuda que recibió aquel hombre fueron unas golpizas y una echada del lugar a pesar de que el hombre ni siquiera tenía fuerzas para poder pararse por su mala salud, hambre y frío.
Siguiendo el camino, Jimmy escuchó unos gritos de un niño cerca, sin embargo, no lo veía por ningún lado, hasta que a lo lejos pudo verlo en la vía férrea y con su cuerpo atado por donde pasaría un tren, asustado y preocupado por lo que iba a pasar al igual que los demás transeúntes, Jimmy quedó inmóvil preguntándose por qué el niño estaba ahí. Había escuchado varios casos de hombres malos que hacían esas cosas, pero siempre tuvo la fe inocente de que así como habían personas malas, también habían personas buenas. Ese pensamiento se esfumó cuando el cuerpo de ese pobre niño, explotó sin más, sus órganos quedaron esparcidos y salpicó de sangre a todos los que se encontraban cerca, incluyendo al tren que aplastó al niño. Jimmy no sabía si llorar, gritar o huir. Pero vio a dos personas esconderse, fueron las únicas que lucían exageradamente apuradas en ese momento ya que los demás solo huían. Entre todas esas personas había un hombre alto, con una camisa verde oscura y un overol blanco y brillante, llevaba una boina y un cassette. Aquel hombre se acercó a Jimmy amistosamente y le entregó el cassette, y así, sin explicar algo desapareció. Jimmy sin saber qué era o para qué servía un cassette, lo guardó en uno de los bolsillos de su overol cubierto de sangre y caminó lentamente, sin saber qué pensar o sin querer observar la situación a su al rededor.
Jimmy caminó más y más, los policías y médicos forenses estaban en la escena del accidente. Jimmy llegó a la salida de la estación, pero su vista se tornaba de nubes negras y su equilibrio era escaso, sin embargo, él estaba seguro de haberse encontrado de nuevo con ese hombre que le entregó el cassette, el cual lo estaba esperando y viendo desde lejos, Jimmy le preguntó su nombre, él contestó que su nombre era Beware y una vez más desapareció, no sin antes darle una sonrisa de punta a punta y un dulce a Jimmy, sus dos cosas favoritas que le devolvieron la fé y la felicidad antes de desvanecer.
Jimmy se desmayó y unos policías lo auxiliaron. Pensaron que la sangre en su overol eran heridas, así que lo revisaron y encontraron el cassette. Beware le había dejado su boina a Jimmy. Cuando los policías reproducieron este curioso cassette, se encontraron con la conversación de dos hombres que después identificaron, que hablaban de la ubicación en la que estarían luego de haber causado la muerte de aquel niño de las vías férreas. Junto a esto, lograron identificar a Jimmy y comunicarse con la mamá. Estos dos pudieron reencontrarse sanos y salvos, sin antes, la mamá de Jimmy preguntarle que dónde había estado y qué le había pasado, Jimmy solo contestó que había hecho un nuevo amigo y que él siempre va a recordar esos ojos rojizos como la sangre de su overol, rostro cansado y sonrisa brillante, de Beware, el desconocido amistoso. Y como conclusión, a veces los sueños o los traumas se distorsionan con la realidad, o simplemente sí existe ese desconocido amistoso llamado Beware.
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